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miércoles, 25 de enero de 2012

El trabajo a la par con Dios



Mi interés estaba por los suelos. Cuando yo era niño, por lo general disfrutaba de las galletitas de animales que me daba la maestra de la Escuela Bíblica Dominical, pero la pintura del cielo que estábamos viendo ese día daba a entender que allí no habría animales, ni muchas otras cosas más. En vez de eso, había solo la descolorida escena de nubes y querubines, lo que desplazó mi temor al misterio de la muerte, a la monotonía del eterno aburrimiento. Con los años, llegué a comprender que el retrato del reino celestial que se me había presentado cuando era niño, era una mediocre representación de la gloria de nuestro hogar futuro. Definitivamente, si la Tierra es un lugar tan hermoso, variado e interesante, ¿cuánto más lo es la morada eterna de Dios?


 Desde la singularidad de cada copo de nieve hasta la variedad de especies que está diseminada en toda la tierra; y desde las montañas y los mares hasta los desiertos y las selvas, es evidente que la creatividad de Dios es ilimitada. No obstante, Él desea fomentar la nuestra también, dándonos más motivos para admirar y contemplar nuestro papel en su gran historia.  La Biblia dice que el Señor trajo los animales a Adán para que viera cómo los había de llamar (Gn 2.19).  Aunque los detalles de esta tarea no están especificados, una cosa está clara: al crear el linaje humano, el Creador no se interesó por fabricar robots autómatas o esclavos mecánicos. Lo que Él deseaba eran hijos que tuvieran parte voluntariamente en el “negocio familiar” de dar forma al mundo que habitamos. En este sentido, somos artesanos a su lado, “creados en Cristo Jesús para buenas obras” (Ef 2.10).

Dicho de otra manera, uno de nuestros privilegios como seres hechos a su semejanza, es la capacidad de reflejar su creatividad en nuestro trabajo. Más concretamente, la iglesia está llamada a representar al Consejero Maravilloso “en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Col 2.3), al exhibir la multiforme naturaleza de su genio creador (Ef 3.10).  Por ser esto cierto, ¿no deben aquellos que escuchan su voz, estar entre los pensadores, innovadores y creativos más originales del mundo? A uno le gustaría pensar que sí, pero muchos de nosotros no sentimos que somos lo suficientemente inteligentes.

¿Es realista pensar que cualquier seguidor de Cristo tiene el potencial para demostrar su ingenio? La respuesta es sí, porque lo importante no es nuestra inteligencia, sino la condición de nuestra relación con Aquel capaz de hacer sabio al sencillo (Sal 19.7). Cuando desarrollamos un estilo de vida conversacional con Cristo, nos vienen ideas originales a la mente, que no habríamos concebido por nosotros mismos.  Muchas veces, estas ideas pueden ser atípicas ya que la mente de Cristo en nosotros trasciende lo común.  Cuando esta sabiduría que viene del cielo toca la tierra, vemos su profundidad y alcance, y la multitud de aplicaciones que tiene para todos los aspectos de la vida.

Pensemos en Salomón, por ejemplo. Después de conversar con Dios, el rey se convirtió en un hombre sabio. Su sabiduría sobrepasaba las demandas administrativas y se desbordaba en todo tipo de arte, desde la decoración de su comedor hasta la escalera del templo, lo que dejó alucinada a la reina de Saba. Para hallarle sentido a esos diseños fantásticos, ella no pudo evitar atribuirle a Jehová la inspiración de esas ideas (1 R 10.9).

Asimismo, otras personas de la Biblia recibieron sabiduría directamente de Dios para los proyectos que les fueron asignados. A Noé le dio instrucciones detalladas para la construcción de un arca en la que habría espacio suficiente para cada animal viviente (Gn 6.14-19). Bezalel fue lleno del Espíritu de Dios para tener entendimiento “en toda clase de trabajos” en la construcción del Tabernáculo (Éx 31.3-5 RVC).  Y a José le fue dada sabiduría para racionar la provisión de trigo en Egipto durante la hambruna (Gn 41.39-41).

Sin embargo, al observar a estos personajes de la Biblia, debemos tener cuidado de no relegar la unción de Dios al pasado.  Tampoco debemos pensar que su creatividad era solo para unos pocos elegidos. Gracias a la obra de Cristo en la cruz, el Espíritu que descansaba en unos pocos puede ahora morar en cada persona que cree en Él.  Dios no está hoy menos dispuesto a inspirar creatividad y manifestar la sabiduría del cielo por medio de nosotros, y está buscando fortalecer a aquellos cuyos corazones están totalmente dedicados a Él (2 Cr 16.9).

La posibilidad hoy de recibir el toque de Dios en y a través de nuestra creatividad no es una hipótesis personal. En realidad, es más común a la experiencia de las luminarias influyentes, de lo que uno podría pensar. La carrera del galardonado guionista y director Randall Wallace es una prueba innegable de esta realidad.

Antes de ser famoso, Wallace enfrentó una crisis como guionista, que requería la ayuda de Dios. Una huelga de escritores había afectado gravemente a la empresa para la que él trabajaba, haciendo que se anulara su contrato. Sin nadie más a quien recurrir, Wallace cayó de rodillas y comenzó a orar, sometiendo la dirección de su trabajo a la voluntad de Dios —sin importar las consecuencias para su familia y el futuro de todos.

Sin embargo, a pesar de lo dolorosos que pueden ser estos momentos, Wallace experimentó algo extraordinario poco después de comenzar a orar. Sintió una profunda sensación de fortaleza, humildad y abnegación; y entonces comenzaron a formarse palabras en su mente. Al darse cuenta del poder de estos pensamientos, se levantó y los escribió.

Las palabras se convirtieron en una historia que valoraba la virtud de la devoción a una causa superior a sí mismo —la clase de causa que Wallace había encontrado por medio de la oración. Este fue, en realidad, el humilde comienzo de Corazón valiente, una de las películas más impactantes y respetadas del siglo XX. Su éxito sirvió de plataforma a un sinnúmero de otros proyectos creativos de producción de películas e incluyó la interpretación de una canción, escrita por Wallace, en el funeral del presidente Reagan. ¿No es evidente? Dios tiene las mejores ideas, y lo mismo puede suceder con nosotros si somos diligentes buscando su consejo.

A partir de ese logro transformador, este principio de trabajar a la par con Dios ha estado presente en mucho del trabajo que hace Wallace, pero especialmente en su novela más reciente titulada The Touch (El toque). Uno de los temas principales del libro es asociarse con Dios para una creatividad sin precedentes. En el relato, un cirujano muy talentoso comienza su búsqueda de la sabiduría de Dios para realizar un procedimiento que nunca creyó posible. Por supuesto, la mayoría de las personas aceptan la capacidad que tiene Dios de mejorar las destrezas humanas.  Pero, ¿estamos también convencidos de su complacencia al hacerlo? ¿O creemos que hay clases de trabajos muy poco importantes para la atención del Padre celestial?

Al reflexionar sobre estas preguntas, considere la siguiente analogía: un padre tierno, por más competente que sea como pintor, se interesará por un dibujo que haga su hijo que está comenzando a caminar. Sin embargo, los esfuerzos del padre por ayudar al niño a mejorar sus habilidades para colorear no disminuyen de ninguna manera su gozo y valoración derivados del trabajo del pequeño. Más bien, se crea un tierno recuerdo cuando el padre toma la mano del niño para enseñarle la técnica del dibujo.

Esto es precisamente lo que Dios hace con cada uno de nosotros cuando acudimos a Él en busca de sabiduría. Él se preocupa por nuestros esfuerzos, incluso por aquellos que parecen no ser importantes. Tenga esto presente: cada tarea está siendo utilizada para prepararnos para los proyectos que nos aguardan, ya sea en los últimos días de nuestra existencia, o en la vida por venir.  No hay trabajo, por tanto, que sea demasiado insignificante para tener la ayuda del Señor. Su Espíritu Santo puede dirigirnos en la realización de tareas escolares, preparación de una presentación, o incluso realizar tareas que parecen intrascendentes. De hecho, cuanto menos atrayente pueda ser el trabajo, más razones tenemos para trabajar de maneras que solo el consejo de Dios haga posible.

Con todo lo dicho, ¿cómo podemos recibir esta sabiduría? De nuevo, la clave no es tanto qué conoce usted, sino a quién conoce. Es la amistad con Aquel que dice: “Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces” (Jer 33.3).  La palabra “amistad” implica un lazo de participación en las prioridades de Dios que nos hace dignos de la confianza de sus perlas. La amistad implica también conversación, o el deseo de su orientación, lo que supone nuestra intención de escuchar y obedecer.

Cuando esta relación se convierte en nuestro estilo de vida, estamos en condiciones de aceptar su importancia en todo tipo de aplicaciones prácticas. Mientras escriba un poema, puede pedirle a Dios inspiración en la elección de un tema, o bien las palabras correctas para escribir un discurso. En la planificación de un presupuesto, puede pedirle mayor claridad sobre cómo distribuir el dinero, o la inteligencia necesaria para saber cómo gastar cada centavo.  No tenga temor de los detalles específicos en la oración, porque en cualquier caso, “si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche” (Stg 1.5). Muy pronto, vendrán las respuestas que nunca habríamos concebido por nosotros mismos.

Fuentes: En Contacto

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