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lunes, 16 de enero de 2012

Puestos en la balanza



La razón por la que el amor es la respuesta en el trabajo y el hogar

Por Cameron Lawrence | Hace unos meses, estaba sentado junto a la cuna de mi hija, mientras los últimos rayos de luz del día se filtraban a través de las cortinas. Mi esposa estrechaba a nuestra niña en sus brazos y la mecía para dormirla, mientras le cantábamos. Por sentirme cansado después de un día largo de trabajo, me acosté sobre la alfombra mientras la tranquilizadora voz de mi esposa llenaba la habitación.


“Mami te amará, mami te amará”, cantaba ella, “mami te amará toda su vida”. Después, en el verso siguiente, cuando “mami” se convirtió en “papi”, me sentí sorprendido por el profundo efecto que tuvo la ternura del verso. “Papi te amará toda su vida”, dijo ella, y sentí el peso de esas palabras. Aquí, en una tierna promesa de amor, estaba también la verdad de mi frágil existencia. Mientras la luz se extinguía de la habitación y mi hija se dormía con aquella melodía, acepté en silencio el difícil hecho de que mi vida llegará a su fin. Y que mi hija seguirá sin mí cuando yo entré en el gran descanso, esperando la resurrección del cuerpo.

No es frecuente que uno se enfrente cara a cara con su mortalidad en una canción de cuna. Pero en estos días estoy agradecido por estos recordatorios aleccionadores, como quiera que se presenten. He aprendido que la vida tiene una manera de embotar mi corazón llevándolo a un estado de olvido, con preocupaciones y deseos inmediatos que tienen prioridad sobre el hecho de que la eternidad acecha al otro lado de un horizonte oscuro. Es que la vida sabe cómo distraernos de lo que realmente importa: del arrepentimiento, particularmente, y del amor.

“Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría,” escribió el salmista (Sal 90.12). Aunque puede parecer terrible, el recuerdo constante de la muerte que nos espera, es uno de los mejores recursos que tenemos en la vida espiritual para vivir bien en el presente, y para prepararnos para encontrarnos con el Salvador Jesucristo cuando Él nos llame más adelante.

Me pregunto a menudo: ¿Qué habré dejado atrás cuando mis días lleguen a su fin? ¿Qué efecto habré tenido yo en las personas que me rodearon? Y lo más importante, ¿me habrá preparado el tiempo que estuve en este mundo, para ver a Cristo tal como Él es?

Se ha dicho muchas veces que en nuestros últimos momentos de vida, desearíamos no haber acumulado tantas cosas o recibido mejores ascensos. En vez de los logros, pensamos en las personas que amamos y en el tiempo que pasamos o no con ellas. Sin embargo, aunque este consejo es útil, omite el importantísimo asunto de que nuestro trabajo sí es, en realidad, importante.

En la búsqueda de equilibrio, podemos tener la tendencia a establecer un contraste entre nuestra vida en el trabajo y nuestra vida fuera del mismo, haciendo de la primera una víctima indefensa, y de la segunda una villana. Pero la verdad es que toda la vida es un todo interdependiente e integrado. Es ordenada por Dios, y su vitalidad depende de que todas las partes trabajen en armonía, de manera muy parecida a como lo hace nuestro cuerpo. O, dicho con las palabras del apóstol Pablo: “Si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él” (1 Co 12.26).

Antes de que podamos empezar a priorizar nuestro tiempo y a establecer límites, hay una verdad fundamental que tenemos que ver: la calidad de una vida equilibrada, dependerá de la medida de nuestro amor a los demás en el hogar y en nuestro trabajo. Pues, usted y yo estamos hechos a la imagen de un Dios que es amor (1 Jn 4.16). Es decir, estamos hechos a la imagen de la comunión eterna y de la relación perfecta que hay entre Padre, Hijo y Espíritu Santo. En otras palabras, a menos que nos convirtamos en amor, no somos capaces de ser lo que somos realmente en Cristo. (1 Jn 3).

Cuando nuestras vidas no están equilibradas, ya sea porque damos demasiado tiempo al trabajo y poco al hogar, o viceversa, lo más probable es que nos hemos olvidado de que el amor es el principio esencial de nuestra existencia. Es lo que nos motiva a trabajar duro para proveer lo necesario para nuestras familias, pero también nos hace responsables de limitar las actividades de trabajo a las horas asignadas, para no robar el tiempo y la atención que merecen nuestras familias.

Del mismo modo, el amor a nuestros compañeros de trabajo es lo que debe motivarnos a realizar con excelencia las tareas que nos asignen, ya que el éxito de todos dependerá de los esfuerzos combinados de unos y otros. Incluso, si no nos gusta el trabajo que tenemos actualmente, el amor a nuestros colegas puede darnos la motivación y la dedicación que necesitamos para glorificar a Dios en todo lo que hagamos (Col 3.17).

Al final de nuestra existencia, no importará lo que hayamos logrado si tuvimos que dejar de lado a nuestra familia y compañeros de trabajo para llegar allí. La manera como prioricemos nuestro tiempo y establezcamos límites, determinará en última instancia si creceremos “a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Ef 4.13) —a la imagen del Amor mismo—, o si nos convertiremos en una hueca falsificación gastada en placeres y éxitos que un día dejarán de existir.

“Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios”, escribió el apóstol Juan. “Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios” (1 Jn 4.7). Cuando esta vida acabe, lo único que nos llevaremos será el amor que le tuvimos a Dios y a las personas. Después de todo, el amor nunca deja de ser.

Fuentes: En Contacto



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