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martes, 24 de abril de 2012

Contentamiento o codicia



El contentamiento es lo opuesto a la codicia. El contentamiento es positivo. La codicia es negativa, pecaminosa. La comunión con Dios puede producir tal contentamiento, que se puede vencer la codicia o avaricia. El escritor de Hebreos dice: “Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré” (He. 13:5). Cuando codiciamos nos fijamos en lo que deseamos, no en lo que tenemos.

Cuando los israelitas estaban conquistando la tierra de Canaán, se repartieron distintos territorios entre las tribus, para que poseyeran como heredad. Cuando la tribu de José recibió su heredad, hubo descontento entre el pueblo. Pensaban que su parte era demasiado pequeña y comenzaron a quejarse ante Josué por su agravio. Sin embargo, después de investigar, Josué descubrió que el territorio que se les había dado era suficiente; pero ellos no estaban dispuestos a tomarlo y poseerlo (Jos. 17:14­18).
En un comentario sobre este pasaje, Alan Redpath escribió: El pueblo de José no estaba contento con su heredad; pensaba que no tenía mucha posibilidad de ejercer sus dones; quería un campo de servicio más grande. Sin embargo, el problema principal era que en el campo de acción que Dios le había dado, el enemigo aún estaba profundamente arraigado.
Su queja podría ser la misma: no tener suficientes posibilidades de poner en práctica sus propias habilidades. ¿Está siempre descontento con la parte que le toca? ¿Desea a menudo mayores oportunidades de servir al Señor? ¿Desea ardientemente ir a algún campo misionero? Puede que el reflector de la Palabra de Dios le muestre que el enemigo sigue profundamente arraigado en su alma. Que el Espíritu de Dios le muestre que, tal vez, no haya tomado verdadera posesión de la parte que Dios le ha dado.
Mientras el pueblo de José codiciaba un territorio más grande, no tenía en cuenta el territorio que se le había dado en heredad. Se estaban fijando en lo que deseaban, no en lo que poseían; por eso estaban descontentos. Estaban codiciando, no solicitando; por eso no estaban satisfechos con lo que Dios les había dado.
Las personas que no cultivan el contentamiento se vuelven codiciosas. Cuando no son agradecidas con lo que tienen, anhelan lo que no deberían tener. El malvado rey Acab tenía muchas viñas, pero comenzó a codiciar la que le pertenecía a Nabot y quiso comprársela. Nabot se negó a venderle su viña, y el rey se puso furioso. No contento con lo mucho que poseía, comenzó a protestar por no poder tener la viña de Nabot (1 R. 21:1­4).
Jezabel, la esposa del rey Acab, vio que estaba deprimido y, tras averiguar la razón de su estado de ánimo negativo, tramó un complot para destruir a Nabot, a fin de que el rey pudiera tener su viña. El plan de la malvada reina se llevó a cabo. Nabot fue acusado injustamente de blasfemar contra Dios y lo apedrearon hasta morir. Después de su muerte, Acab tomó posesión de la viña que había codiciado. La muerte de un hombre bueno fue el precio de la falta de contentamiento del rey y su codicia pecaminosa subsiguiente.
La codicia es la raíz de la mayoría de las transgresiones. Con razón la Biblia habla con tanta vehemencia contra ella. Jesús dijo: “…Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lc. 12:15). Pablo clasificó la codicia, o avaricia, entre los pecados más graves y advirtió: “Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos” (Ef. 5:3). En su epístola a los colosenses, él dice que la avaricia es idolatría: “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría” (Col. 3:5).
Fíjate que la codicia generalmente se clasifica como pecado sexual. Por supuesto, este era su contexto en los diez mandamientos: “No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo” (Éx. 20:17).
Algunas cosas nunca cambian.
La falta de contentamiento del rey David en su residencia lo llevó a codiciar a la mujer de Urías, mientras este buen hombre estaba en la guerra. Pronto, el rey y Betsabé cometieron adulterio, y el infame complot para deshacerse de Urías y tomar a su mujer trajo vergüenza al obstinado rey (2 S. 11).
La misma escena se repite año tras año y siglo tras siglo. Esposos o esposas dejan de valorarse uno al otro y caen en el descontento. Dejan de ser agradecidos por lo que tienen y comienzan a desear frenéticamente lo que no tienen. Las actitudes negativas toman el control de sus pensamientos. Están a un paso de la lujuria y de un matrimonio destruido.
El contentamiento definitivamente es una fuerza poderosa, y la falta de este puede ser peligrosa. Cada ámbito de la vida se ve afectado por nuestro contentamiento o nuestra codicia. Por lo tanto, vamos a prestarle atención a las cosas esenciales.
- Tomado del libro Sé positivo en un mundo negativo por Roger Campbell. Publicado por Editorial Portavoz. Usado con permiso.
Fuentes: Vida Cristiana

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