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sábado, 23 de junio de 2012

El valle del dolor



La única manera de enfrentar el valle del dolor es atravesándolo por el medio. Muchas veces, tras un tiempo de bonanza, nos caen dificultades o el dolor nos golpea sin piedad. Una traición, la pérdida de un ser amado, la partida de un ser querido hacia lejanas tierras sin promesa de volver ni de un reencuentro; la pérdida del trabajo, un penoso accidente o enfermedad, un terrible abuso… tantas causas. El corazón se desangra en lágrimas, el alma se desgarra en medio de un lamento perdido en el silencio, en la soledad de la fría oscuridad.


Nuestra mente funciona como un papel de tres capas. En la de más arriba, en la más superficial, están los recuerdos más recientes, las experiencias, las vivencias más actuales. Es lo que los que saben denominan el “consciente”.

En una capa algo más profunda, se hallan recuerdos, vivencias y experiencias algo más antiguas, que con algo de dificultad podemos volver a recordar o traer de nuevo a la capa conciente. Es el “subconsciente”. En esa capa se van depositando todos esos recuerdos y experiencias que “ya no se usan”. Concientemente parece que las “olvidamos”, pero eso ocurre porque nuestra mente consciente no puede acceder libre ni voluntariamente a ellos. Sin embargo, siguen estando allí.

Y finalmente, pasado suficiente tiempo, esas experiencias almacenadas en el Subconsciente se depositan, se escriben, en una capa aún más profunda denominada “Inconsciente” al que ya nuestra mente no tiene acceso directo. Los recuerdos, experiencias, vivencias almacenadas en esta capa parecen haber sido olvidados por completo, sin embargo continúan vivos aunque nuestra mente ya no pueda acceder a ellos.

Eso ocurre tanto para las buenas como para las malas experiencias. Si algo fue lindo, grato, ese recuerdo inconsciente estará enviando “ecos” hacia arriba haciéndonos sentir bien en determinadas situaciones o con ciertas personas. Pero si se trata de malas situaciones, estará generando tristeza, dolor, desaliento, temor, pesadillas, sin que podamos reconocer a ciencia cierta cuál es el origen del malestar. Y es que en cualquiera de las situaciones, los recuerdos parecen olvidados, pero siguen vivos y generando síntomas desde lo profundo de nuestra mente.

Cuando alguien ha experimentado una terrible situación hace tiempo, las vivencias continúan almacenadas es esa parte inconciente causando dolor.

El pueblo de Israel tenía un triste pasado de esclavitud en Egipto. Cuando fue liberado continuó siendo objeto de los mensajes de dolor y esclavitud de su pasado y mientras esto sucedió estuvo cuarenta años rodeando el desierto, mordiendo el dolor.

Con nuestras vidas ocurre otro tanto. A través del sacrificio de nuestro Amado Señor Jesús, todo nos ha sido perdonado, mas no todo ha sido sanado. Hay personas que aún habiendo sido rescatadas de la esclavitud del pecado, aun continúan con sus almitas rotas, heridas. Desde lo profundo de su corazón, vienen ecos de dolor de experiencias pasadas. Muchas veces tratamos de evadir, de rodear para no volver a pasar por lo mismo, para no tener que volver a sufrir, revivir de nuevo tristes y devastadoras experiencias.

Pero el dolor por la misma puesta que entró es por donde tiene que salir. Rodear el dolor es hacer como el pueblo de Israel; andar en círculos, vagar por el desierto toda una vida.

La única manera de lidiar con el dolor y vencerlo, es atravesándolo por el medio.

“Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente;  no temas ni desmayes,  porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas”. (Josué 1:9 RV60)

Autor: Luis Caccia Guerra
Escrito para www.devocionaldiario.com

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