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lunes, 24 de septiembre de 2012

¿Vas a la moda de Dios?



Tus amigos acaban de sugerir una idea para el fin de semana. Y tú, con el mayor tacto posible, has dicho que no vas a participar. Te están mirando boquiabiertos –y, en ese segundo equivalente a ocho siglos, miras hacia el techo y te preparas para la retahíla–: “Por una vez que lo hagas, no te vas a morir”. “Sólo estaremos un rato. Volveremos a una hora prudente.” “¿Qué más da? Es algo insignificante.” “Además, ¿quién se va a enterar?”

 Y, por un lado, sabes que tienen razón. No te vas a morir. No es una decisión de proporciones enormes. Sólo es una vez. Se enteraría poca gente y no sería para tanto.

Nadie es inmune a la presión de ceder en sus principios: ¿Has distorsionado la verdad alguna vez para quedar bien? ¿Tienes grabada en la mente alguna escena de una película que realmente no tenías que haber visto? ¿Has cedido ante la presión de tus amigos y has ido a algún lugar cuyo ambiente no glorifica a Cristo? ¿Te has involucrado físicamente con tu novio o novia, pasándote de la raya “un poco”?

Solemos ceder por una razón principal: Nos importa más el concepto que tiene la gente de nosotros que el concepto que tiene Dios. A ninguno nos gusta sentirnos excluidos.

Como no nos gusta admitir el temor central detrás de nuestras concesiones, sacamos unos disfraces del armario, dependiendo de la ocasión:

Capa roja de Súper Evangelista: Si digo que no, voy a parecer un bicho raro y no podré dar testimonio. Al entrar en su ambiente, se fiarán más de mí.

Bata blanca de laboratorio: Tengo que leer este libro un tanto cuestionable porque necesito saber cómo piensa un no creyente para poder evangelizar mejor.

Traje gris: Ésta es una zona gris. La Biblia no dice nada directamente en contra, así que no pasa nada si lo hago.
Gorrito de carnaval: Como cristiano, ¡soy libre! Debo demostrar que no soy legalista. Además, no es pecado divertirse.
Armadura de hojalata: El Espíritu Santo me protege y, por lo tanto, no me afecta esta concesión para nada.
Y con nuestros disfraces, vamos a la moda, según el ambiente que nos rodee.

Dios, sin embargo, tiene su propia moda. Él no quiere que bajemos el listón. ¿Podría ser que desde su punto de vista nuestras pequeñas concesiones son más grandes de lo que pensamos? La espada de su Palabra, de hecho, hace trizas el vestuario que acabamos de describir:

Capa roja de Súper Evangelista: La premisa detrás de este disfraz es que el mejor testimonio es el del camaleón: Si soy como ellos, me escucharán.

Mientras que debemos evitar ser “bichos raros” por un comportamiento verdaderamente extraño, tenemos que abrir los ojos ante una gran verdad: Ser cristiano casi siempre significa ser el bicho raro ante los ojos del mundo. Ser un cristiano caliente entre cristianos tibios también significa lo mismo: “Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (2Ti 3:12).  ¿Qué les llama más la atención a nuestros amigos, alguien que se comporta y piensa igual, o alguien que les saca de sus casillas?

Bata blanca de laboratorio: Cedemos con la excusa que para combatir el mal hay que estar familiarizados con el mal. Se utiliza a menudo para justificar ciertas películas, libros o revistas. Pero no debemos engañarnos. La Biblia dice: “Absteneos de toda especie de mal” (1Ts 5:22) y “quiero que seáis sabios para el bien, e ingenuos para el mal” (Ro. 16:19b).

Traje gris: Elegimos este disfraz para defender una concesión que no es “moralmente mala”. Es decir, no hay ningún versículo de la Biblia que lo prohíba específicamente; es cuestión de gustos o del nivel de sensibilidad de la persona. La pregunta clave, sin embargo, no es, “¿es esto algo malo?”, sino “¿es esto lo mejor?”. A través de las Escrituras, Dios enfatiza que quiere darnos lo mejor siempre. Si Cristo es luz, ¿por qué buscamos diversión en zonas grises?

Gorrito de carnaval: Este disfraz lo llevamos cuando queremos divertirnos y no dar apariencia de “legalista” –porque sólo una persona rígida se alarmaría ante una pequeña concesión.
Hay alguien que se encarga de propagar la idea de que seguir los deseos de Dios a rajatabla es esclavitud. Es el príncipe de este mundo, Satanás.  Cuando una mujer es fiel a su prometido, sin coquetear con otros hombres, nunca pensamos en llamarla legalista. Y ella, enamorada, no piensa en la “carga” que supone ser fiel.

Armadura de hojalata: Razonamos que las concesiones no son para tanto y no nos afectan. Y si acaso hubiera algo que nos pudiera afectar, el Señor nos protegería.
Las concesiones, sin embargo, sí que nos afectan.  Debilita nuestro carácter. Insensibiliza nuestra conciencia. Limita nuestras posibilidades de servicio a Dios, quien ha declarado que debemos ser fieles en lo poco para poder pasar a un mayor grado de responsabilidad (Mt 25:21).

¿Tienes alguno de estos modelos guardado en el armario? Pues, ya es hora de tirarlo: Si dejas de ceder ante la presión, no necesitarás disfrazarte. Viste a la moda de Dios y no bajes el listón ni lo más mínimo.

Fuentes: Con Poder

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