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martes, 20 de noviembre de 2012

¡He aquí, vengo pronto!



Y he aquí, vengo presto. Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro. Apocalipsis 22:7

En la Palabra, todas las promesas están llenas de dulzura, pero ninguna es más dulce que la que el Señor expresa tres veces en el último capítulo de la Biblia. Sin embargo, han transcurrido cerca de dos mil años desde el día en que estas palabras fueron dictadas por el Espíritu de Dios. No pensemos que el Señor ha olvidado su promesa o que no es su deseo tenernos pronto alrededor de sí. Pero Él es paciente para con el mundo y no quiere la muerte del pecador (2.ª Pedro 3:9).


En su infinita gracia, Él espera por la última alma que será recibida hasta el último momento de la paciencia de Dios. Pero Él vendrá y quiere alentarnos a esperarlo, a estar preparados para su regreso (Lucas 12:35-36).

En la parábola de las diez vírgenes leemos que todas ellas se durmieron y que “a la medianoche se oyó un clamor: ¡Aquí viene el esposo…!” (Mateo 25:6). Durante el siglo XIX se oyó un clamor similar y hubo un gran despertar. Pero ahora, ¿qué hacemos? ¿Esperamos verdaderamente al Señor, o elaboramos nuestros propios planes pensando que Él se demora?

En el mundo son numerosos los burladores que dicen: “¿Dónde está la promesa de su advenimiento?” (2.ª Pedro 3:4). Por otra parte, en los círculos cristianos que en mayor o menor medida están advertidos acerca de la venida del Señor, gana cada vez más terreno la idea de que la Iglesia pasará por la gran tribulación. Esto significa desconocer la categórica promesa que el Señor expresa a los fieles en el tercer capítulo del Apocalipsis (v. 10).

Es triste ver cómo, de este modo, una multitud de creyentes es privada de la dulce consideración de su cercano regreso y que muy pocos verdaderamente lo estén esperando. Pero quizás ésta sea una de las señales que demuestra, de la manera más patente, que su regreso está cerca.
Repitámoslo, ¿esperamos al Señor? Si Él viniese hoy, ¿nos hallaría esperándolo con la certeza de que lo hará de un momento a otro? Nuestra mente ¿está ocupada pensando en Él y en sus intereses, aguardando su próximo regreso?

Que nuestros afectos estén llenos del Señor a tal punto que deseemos ardientemente estar con Él, ver su rostro y escuchar su voz, la cual ya conocemos por la fe. Él desea tenernos alrededor de sí (Juan 17:24). “Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven” (Apocalipsis 22:17). Digamos con ardor : “Amén; sí, ven, Señor Jesús” (v. 20).

Fuentes: Con Poder

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