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lunes, 3 de diciembre de 2012

La Salvación de Dios.



Que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. – 1 Corintios 2:5.

Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema. – Gálatas 1:9.

Dios es soberano. “Todo lo que quiso ha hecho” (Salmo 115:3); no tiene que rendir cuentas a nadie (Job 33:13), aunque al hombre le gustaría inmiscuirse en los planes de Dios. Naamán quería ser sanado de la lepra, pero había escogido la manera: “Yo decía para mí: …invocará el nombre del Señor su Dios, y alzará su mano y tocará el lugar” (2 Reyes 5:11). Pero no sucedió nada de eso; la sabiduría de Dios quiso proceder de forma diferente: obedecer a su palabra era el único método para sanar.

 Los israelitas mordidos por las serpientes morían en el desierto. Entonces rogaron a Moisés para que pidiese a Dios que quitara las serpientes (Números 21:7). Eso hubiese sido posible, pero Dios había decidido actuar de otra manera. Él es soberano: “¿Quién le dirá: ¿Qué haces?” (Job 9:12). No destruyó a las serpientes, pero puso a disposición el medio seguro para resolver el problema.

La Biblia dice que ante Dios todos los hombres estamos muertos en nuestros pecados. ¿Quién podrá salvarnos? He aquí la respuesta: “Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Efesios 2:8). Eso significa reconocer que no podemos hacer algo para salvarnos. Para ser salvos por la fe es necesario creer que Jesús murió por cada uno de nosotros para expiar nuestros pecados. “El Hijo de Dios… me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). ¿Qué sino la gracia divina puede derribar el orgullo?

(Amen,Amen)

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