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viernes, 14 de diciembre de 2012

Orar.



No tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites. – Santiago 4:2-3.

«Sólo nos queda orar», decía una persona que estaba pasando por una situación difícil. Había buscado ayuda en todas partes y nadie había podido liberarla. Por lo tanto, como último recurso, iba a dirigirse a Dios.

 Esta actitud ¿no es a menudo la nuestra? Reunimos nuestras propias fuerzas para salir por nosotros mismos de la dificultad, y cuando nos damos cuenta de que eso no es suficiente, pedimos ayuda a un amigo. Tal vez éste sea rico, inteligente, con una buena posición social, y pueda encomendarnos a alguien importante. Y equivocadamente sólo nos dirigimos a Dios cuando todos los recursos humanos han fracasado.

Es cierto que no debemos orar a Dios como si hiciésemos una petición a los hombres, diciendo: «¿Me puedes ayudar a obtener esto o aquello?». A Dios hay que decirle: «Señor, esta es mi situación, tú sabes qué necesito. Dame lo que es bueno. Somete mi corazón a tu voluntad». No debemos forzar el brazo de Dios. ¡Qué ejemplo de sumisión fue la ferviente oración de Jesús en Getsemaní, hecha con “ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas” (Hebreos 5:7)!

Jesús dijo: “Padre… aparta de mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú” (Marcos 14:36). La voluntad de su Padre ocupaba el primer lugar, y su petición el segundo. La copa no podía ser alejada, pues Jesús tenía que pasar por los terribles dolores de la expiación (el juicio que merecían nuestros pecados). Pero su oración fue contestada, pues si bien pasó por la muerte, salió victorioso por la resurrección.

(Amen, Amen)

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