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lunes, 4 de marzo de 2013

¿Qué sentido tiene nuestra vida?



Lucas 9,  28-36  |   En 1928 un profesor norteamericano realizó un experimento con cientos de personas. El experimento consistió en hacerlos caminar en campo abierto con sus ojos vendados.

Ni uno solo caminó en línea recta. Todos se torcieron a derecha o izquierda, describiendo grandes círculos.

  Lo mismo les sucede a los animales al huir a campo abierto, e incluso a los pilotos de aeronaves cuando pierden el rumbo.

Parece estar demostrado que una persona sin rumbo claramente establecido actúa como si estuviera atontado, dando vueltas y más vueltas, con lo cual no evoluciona, no crece, no progresa como persona.

 Descubrir  el sentido de la vida constituye, pues, una condición indispensable para no dar vueltas como un tonto, y terminar llegando nuevamente al mismo sitio.

Creo que el miedo que a veces sentimos cuando nos atrevemos a preguntarnos qué sentido tiene nuestra propia vida puede deberse, precisamente, al hecho de  darnos cuenta de que estamos haciendo día tras día, y año tras año la misma rutina.

 Sˆren Kirkegard, filósofo sueco, decía con mucha  profundidad que “vivimos vidas de una tranquila desesperación”.  Vidas monótonas llenas de problemas inmediatos, en otras palabras.  

Usted sabe que el Señor Jesús “se hizo igual a nosotros en todo, menos en el pecado”   Hay personas que se olvidan de esto, y lo divinizan tanto que ya no creen en un hombre-Dios, sino en un Dios que parece un hombre.  Un Dios que nunca tiene miedo.

 Pero Él era un ser humano igual que usted y yo, con sus momentos de angustia y de miedo, en  los cuales tenía que acudir a su Padre, lleno de necesidad, en busca de ayuda.

Dice un autor llamado Javier Garrido en su libro “Seguir a Jesús en la vida ordinaria”, Pág. 64, que el evangelio de este domingo, narra uno de esos momentos.  

Comparto con usted su muy interesante enfoque:

 “La transfiguración es la respuesta de Dios-Padre  al miedo de los discípulos y de Jesús mismo.

Hay que suponer que Jesús no sabía de antemano su destino trágico en el  calvario. Lo fue descubriendo a la luz del rechazo de su mensaje.

Por eso, se retiró al monte con sus íntimos, porque tenía miedo y quiso encontrar en el Padre luz  y fortaleza”.

 Luz y fortaleza. Luz para saber qué hacer y fortaleza para hacerlo, en la seguridad de que caminamos bajo la protección de Dios y vamos por buen camino.

 ¿Acaso no es eso  todo lo que necesitamos en momentos de confusión y de miedo?

 Jesús, después de un largo rato de oración que los discípulos no pudieron aguantar y se durmieron, recibió del Padre una luz tan portentosa que se transparentó hasta en su ropa, y aparecieron Moisés y Elías hablando con Él  a las claras de su pasión y muerte.

Y luego se oyó esa voz amorosa que lo reanima y vigoriza dándole un respaldo total:

Este es mi hijo,  el elegido. 
Escúchenlo.


Y el Hijo del hombre sigue decididamente su camino, confiando en aquella amorosa voz del Padre y “sabiendo la dicha que le esperaba” (Hechos 12, 2)  

La pregunta de hoy
¿Qué es lo esencial para que mi vida  tenga pleno sentido? Saber la dicha que le espera.

Luis García Dubus, Santo Domingo. Listín Diario

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