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lunes, 24 de junio de 2013

El diálogo edifica el hogar, las discusiones lo resquebrajan


 
 
Si hay algo que termina una buena relación, es asumir discusiones permanentes, por situaciones incluso triviales. Es cierto, cuando no compartimos algo es necesario ponerlo a consideración con nuestra pareja y con los hijos; no obstante, muchas de las discusiones que surgen al interior de la familia, son producto de nuestro orgullo, del deseo que tenemos de imponer nuestro criterio y, en algunos casos, ejercer presión creyendo que de esta manera hacemos valores nuestra autoridad.

El rey Salomón escribió sobre lo molesto que es convivir en un espacio familiar donde hay contención permanente: Mejor es morar en tierra desierta que con la mujer rencillosa e iracunda.”Proverbios 21:19; cf. 21:9)
Cuando hay un ambiente de discusión permanente o conversaciones que desembocan en contrariedades, hay dos caminos a seguir: el primero y más importante, orar a Dios buscando su guía para saber a qué situación desconocida para nosotros, nos estamos enfrentando; y la segunda, considerar el asunto bien con nuestro cónyuge o con los hijos, procurando establecer dónde se originan los enfrentamientos.
El eje fundamental es el diálogo. Téngalo presente siempre: dialogar; pero dialogar no para imponer nuestro criterio, sino para llegar a acuerdos.
Es fundamental que reconozcamos que muchas veces somos orgullosos, y no queremos dar el brazo a torcer. Preferimos un buen conflicto antes que una conciliación en la que pudiéramos perder nosotros terreno. Olvidamos que las contiendas no son del agrado del Señor en Su Reino, que estamos estableciendo entre nosotros (Cf. Gálatas 5:19-21)
Puede que haya lujos en el hogar, solidez económica y reconocimiento social, pero si hay discusiones, y el clima es de confrontación permanente, la vida se torna infeliz (Cf. Proverbios 21:9)
Una de las acciones aconsejables, si deseamos edificar un hogar sólido donde haya sana convivencia, es revisar de qué manera estamos contribuyendo a desencadenar problemas, y en segundo lugar, pensar muy bien antes de hablar; ser cuidadosos para no generar heridas, como enseña  el libro de las familias triunfadoras que es la Biblia: Las palabras de la boca del sabio son llenas de gracia, mas los labios del necio causan su propia ruina.”(Eclesiastés 10:12)
Tenga presente siempre que es posible cimentar familias donde haya amor, ternura y comprensión. El primer paso es que Dios ocupe el centro del hogar, y el segundo, que con Su divina ayuda, identifiquemos errores y nos dispongamos a corregirlos. Recuerde que el diálogo es esencial en todo momento.
Por Fernando Alexis Jiménez

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