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viernes, 27 de septiembre de 2013

El fundamento de mi vida




        «El tiempo no borró el recuerdo del día en que, mientras oraba en mi habitación, leí estas palabras del Señor: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37). Le tomé la palabra al Señor Jesús. Y fue así como, según las mismas expresiones de la Biblia, después de haber oído la palabra de verdad, el Evangelio de mi salvación, y habiendo creído en Cristo, fui sellado con el Espíritu Santo que ha sido prometido (Efesios 1:13).


       Mi conversión a Dios es un hecho seguro. Mi salvación no es ni una impresión ni un sentimiento; tampoco es el fruto de mis esfuerzos o de mis resoluciones. Dios intervino e hizo de su Palabra eterna el fundamento de mi vida. La muerte expiatoria de Cristo y su Palabra son efectivamente los dos únicos fundamentos objetivos de la fe. Sólo éstos nos dan la paz con Dios.

       Algún tiempo después de haber dado ese paso decisivo de la fe, me preocupé porque no experimentaba el gozo ni ninguno de los sentimientos que creía debería experimentar al convertirme.

Estuve tan turbado que viví en cierta oscuridad espiritual hasta el día en que estas palabras del Señor me iluminaron y me liberaron de mis dudas: “Yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos” (Lucas 22:32).

Entonces comprendí que nuestra relación con Dios no descansa en nuestros sentimientos, sino en la fe en su Palabra. En este mundo donde todo se pone en duda, la fe arraigada en Cristo y en su Palabra será siempre el único medio de salvación».

(Amén, Amén)

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