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martes, 11 de marzo de 2014

Elemento esencial para la meditación


Leer | Salmo 37.7 | Solemos escuchar un popular llamado a la acción: “No te quedes ahí parado —¡haz algo!” Pero hay un peligro inherente en esta manera de pensar, si tratamos de introducirla a la fuerza en nuestra vida espiritual.

 Muy comúnmente, ya sea que lo manifestemos o no, actuamos como si Dios necesitara nuestra ayuda. Luchamos con Él por cierto grado de control sobre nuestra vida. En efecto, orgullosamente afirmamos nuestra autoridad, y proclamamos: “Bueno, Señor, creo que esto es lo que Tú quieres que suceda, así que voy a trabajar, y a trabajar, y a trabajar, hasta lograrlo”.

En algún rincón de nuestra mente, escuchamos: “Ayúdate, que yo te ayudaré”. En efecto, muchos cristianos creen que este consejo se encuentra en la Biblia, cuando no es así.

En realidad, esta afirmación es totalmente contraria a la Palabra de Dios, que en vez de eso nos dice: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios” (Sal 46.10). El Padre celestial sabe que no podemos ayudarnos a nosotros mismos. Esa es precisamente la razón por la que envió a su Hijo a morir —porque éramos totalmente impotentes para mejorar nuestra condición pecaminosa (Ro 5.8).

Al mismo tiempo que busquemos hacer la voluntad de Dios, no debemos olvidar su llamado fundamental a la quietud delante de Él. Cuando estamos quietos en su presencia y enfocados en Él, nos ponemos en la posición más dócil para aprender.

¿Está usted demasiado ocupado tratando de equipararse con Dios? Renuncie a sus esfuerzos y simplemente estese quieto. Lo que descubra en la quietud puede revolucionar su llamamiento.


(En Contacto)

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