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viernes, 14 de agosto de 2015

Alcanzado por la Misericordia



Iba por la calle oyendo a mi cantante favorito en mi viejo Mp3. Con los audífonos puestos intentaba llegar a tararear en la nota que el cantante daba, aunque sin mucho éxito, lo confieso. Estaba especialmente feliz y me dirigía a mi congregación después de una jornada gratificante junto a unos misioneros amigos que han estado en las misiones por más de 50 años.


Revivía en mi mente las charlas amenas, los consejos valiosos y las anécdotas familiares que Larry y Dorothy Cederblom habían compartido ese día conmigo. Me sentía agradecido de Dios por darme el privilegio de, junto a mi esposa e hija, ser continuador de la labor fabulosa de llevar el evangelio de Jesús al mundo perdido.

El torrente de pensamientos y canciones tarareadas fue paralizado de repente por la voz de alto de un fornido policía. En ese momento me di cuenta que iba manejando mi bicicleta con los auriculares puestos y que el peso de la ley caería sobre mi indefectiblemente.

Apagué el Mp3, dejé de tararear y mi mente solo podía pensar que había sido muy tonto al cometer esta infracción (bueno, en eso y en los 200 euros de penalización que me correspondía por la trasgresión). El policía me espetó un merecido discurso de seguridad vial, y cuando pensé que sacaría su imponente talonario para prescribir la merecida multa, hizo todo lo contrario. Me despidió, se fue a su moto y yo, anonadado, solo pude decir: muchas gracias oficial.

Mientras seguía en la bicicleta experimenté vívidamente la sensación extraordinaria de ser perdonado. Cuando pensé que debía pagar por mi mal proceder, fui absuelto. En lugar de castigo, había hallado misericordia y uno no está acostumbrado a este tipo de experiencias. John Newton tampoco lo estaba. Fue uno de los más despreciables traficantes de esclavos de su tiempo. Capitaneó su propio barco negrero cometiendo todo tipo de fechorías a tal punto que su tripulación lo aborrecía y lo consideraba un animal. No obstante a todo ello, las palabras de su madre, quien muriera cuando Jonh tenía solo siete años, seguían grabadas en su mente. Ella le había enseñado la Biblia con la esperanza de que John algún día se apropiara de sus palabras. Cuando ese momento llegó, John estaba demasiado sucio como para creer que Dios podría perdonarlo, sin embargo experimentó la misericordia y la gracia de Dios en una forma que lo hizo convertirse en pastor y compositor de himnos. Su himno más cantado es el que precisamente cuenta su historia de conversión, su encuentro con la misericordia de Dios y el perdón. “Sublime gracia del Señor/que a un infeliz, salvó/yo ciego fui, mas veo ya/perdido y él me halló”.


La misericordia no se merece, es un acto soberano de quien la otorga. Se aprecia y agradece cuando te perdonan una multa de tránsito, pero si te perdonan la vida y borran todo tu historial pecaminoso, entonces uno no puede hacer menos que dedicar la existencia a servir a Aquel que únicamente es capaz de tanta bondad: Dios.

La misericordia de Dios me alcanzó un día sin que lo mereciera, me arropó y me dio sentido y propósito para una nueva vida.

Como el rey David, hoy puedo decir:

“Porque tú, Señor, eres bueno y perdonador, y grande en misericordia para con todos los que te invocan”
(Salmo 86:5)

Autor: Osmany Cruz Ferrer


Escrito para Devocional  Diario

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