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miércoles, 30 de septiembre de 2015

Nuestra comunicación silenciosa



Leer | Santiago 2.14-18 | El Señor nos llama a compartir su verdad, pero a menudo nuestras acciones y nuestras actitudes contradicen las palabras que salen de nuestros labios. Este es un aspecto en el que todos parecemos tener problemas de vez en cuando. Cada día, cada uno de nosotros comunica algo a alguien. Enviamos mensajes por lo que decimos y por lo que callamos, por lo que hacemos y por lo que dejamos de hacer.


Por ejemplo, si un padre decide calladamente dejar de diezmar de sus ingresos, está enviando un claro mensaje a sus hijos. Sin abrir la boca, está diciendo: “Hijos, ustedes no pueden confiar en el Señor en cuanto al dinero. Dios no es fiel para suplir sus necesidades, así que mejor será que lo conserven lo más que puedan”. ¿Es ese el mensaje que usted quiere transmitir a sus hijos?

Usted pudiera decir: “Bueno, en realidad no soy diezmador, pero nunca le diría a mis hijos que no se puede confiar en Dios en cuanto al dinero”. Pero usted ya ha enviado un mensaje claro y sonoro. Lo que las personas, especialmente los hijos, ven en nuestra conducta, habla mucho más alto de lo que en realidad decimos con nuestros labios.

El apóstol Pablo sabía qué lecciones importantes comunicamos mediante nuestras acciones. Por esta razón, procuró ser un modelo de buena conducta y de valores que sus hijos espirituales imitaran (2 Ts 3.7-9).


El asunto no es si vamos o no a comunicar un mensaje, sino ¿qué clase de mensaje estamos comunicando? Examine su vida, y decida siempre compartir con el mundo un mensaje íntegro.


Fuente: En Contacto

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