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viernes, 1 de enero de 2016

¿Tiene "sexo" la sensualidad?



"Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, 
de adornos de oro o de vestidos lujosos,
sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu 
afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios.


Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos; como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor; de la cual vosotras habéis venido a ser hijas, si hacéis el bien, sin temer ninguna amenaza." (1 Pedro 3:3-6)



Sensualidad

Según Wikipedia), es la cualidad de una persona que provoca atracción o reacción en los sentidos de otra, bien sea deseo sexual, excitación, deseo de hacer el amor, etc. En general las personas que poseen un fuerte potencial sexual tienen una sensualidad muy acusada, si bien, en muchos casos ellos mismos no se dan cuenta, el magnetismo personal que se desprende de estas personas es muy envolvente y al entrar en contacto con ellas puede sentirse absorbido.

La sensualidad que se irradia proviene de dos fuentes diferentes; una se encuentra en el interior y la segunda en el exterior.

El poder sensual interior proviene de los pensamientos, de la energía sexual, de los sentimientos y del magnetismo personal, es decir, de la personalidad.

(Según el diccionario Larousse) Modo de ser o de presentarse una cosa o una persona, que suscita o invita al placer: la modelo tiene unos labios llenos de sensualidad. Tendencia al placer. Sinónimos: Hedonismo: Doctrina filosófica que proclama, como fin supremo de la vida, la consecución del placer. Búsqueda del placer como norma de vida. Voluptuosidad: Tendencia o gusto por el placer.

Cuando vemos una chica (o chico) ataviado de manera que, al modo de decir de cierto escritor del cual ahora no logro recordar el nombre, "… el vestido es el marco que resalta su rostro, no hay inconvenientes, pero si es el marco de su cuerpo, entonces está mal. Y está en problemas no solo él, sino que está poniendo también en dificultades a los que le rodean." Me explico:

Un joven (o adulto) de cualquier sexo puede, según las leyes humanas que esas y muchas otras cosas consienten, vestirse de la manera que mejor le plazca. La ley le da total libertad para hacerlo, solo que su libertad termina en mi nariz (o, para ser exactos, en la nariz del prójimo) y ella (o él) no debiera tener derecho, amparado por ley humana alguna, de mostrarme cosas que no quiero ver o que pueden poner en peligro mi cosmovisión de la vida, que pareciera nada tiene que ver con la de ella (o de él).

Cuando alguien exhibe partes de su cuerpo mas allá de lo que admite el pudor de otros, no está haciendo otra cosa que invadir la privacidad de ese individuo y conculcar su libertad personal. Visto el caso de que ambos son seres humanos, las leyes debieran entonces defender por igual los derechos y prerrogativas de uno y otro en igual manera. Pero, tristemente, no acurre de ese modo. Y es que, lejos de ser rechazado tal actuar por la sociedad, se ensalza tal actitud porque a la mayoría les parece que están recibiendo el beneficio de, en forma gratuita, observar cosas que les placen sin costo alguno. Pocos se detienen a pensar que, más que eso, lo que están recibiendo es eterna condenación, al ser llevados a las tentaciones pecaminosas de lascivia, codicia, apetencia y concupiscencia. Pecado es pecado y no tiene otro nombre.

En su libro "Remedios Preciosos Contra Las Artimañas Del Diablo" publicado en 1652 en Inglaterra, su autor, Tomás Brooks, nos enumera al menos cinco maneras acerca de cómo Satanás nos hace "pasable" y "apetecible el pecado: "… formas de como Satanás procura desviar al creyente hacia el pecado: Una manera es haciéndolo sumamente atractivo y otra es persuadiendo a los creyentes de que sus pecados son muy pequeños y sin importancia.

Primero, el diablo engaña a los creyentes haciendo el pecado algo atractivo, natural y de apariencia normal y aceptable. El pecado casi siempre se disfraza con esta apariencia. Quizás muchos creyentes se fijen demasiado en su propia apariencia, su vestido, sus pertenencias, su imagen. El diablo les dice que esto no es el orgullo, que es algo normal, que "todos lo hacen". Quizás algunos creyentes son codiciosos y Satanás les susurrará que es lo justo, que es normal, que consigan y atesoren todo lo que puedan; todo el mundo lo hace.

Segundo, entre más atractivo que se presenta el pecado, resulta más peligroso. El veneno más peligroso se encuentra frecuentemente en las flores más bonitas. A menudo la ropa más costosa es usada para cubrir los cuerpos más indignos y el cuerpo más perfecto cubre el alma más vil. Del mismo modo, los nombres más sofisticados y los títulos más elevados son usados para hablar de los vicios más horribles y de los pecados más abominables.


Tercero, es necesario que veamos el pecado tal como lo veremos en el día del juicio. Ese día todos verán la verdadera cara del pecado. Cuando todos los pueblos estén reunidos ante el Gran Juez del universo, entonces apreciará la pecaminosidad del pecado. En ese momento el pecado será desenmascarado y será despojado de su atractiva vestimenta; aparecerá más sucio y más vil que el infierno mismo. Lo que antes parecía hermoso y codiciable se manifestará feo y repugnante. La biblia describe el pecado comparándolo con varias cosas: el vómito de un perro, una llaga podrida, la lepra, el estiércol, la espuma del mar, etc. También compara los pecadores con los puercos que se revuelcan en el cieno, bestias brutas, animales irracionales (cabras, perros, bueyes), fieras ondas del mar, estrellas errantes, árboles desarraigados, etc. Es necesario ver el pecado tal como lo veremos en el día de la muerte. La conciencia puede estar dormida por largo tiempo, pero en el día de la muerte y del juicio se despertará y nos mostrará lo dañino y amargo del pecado. Entonces debemos aprender a ver el pecado no como es presentado por el diablo, sino como lo veremos en la eternidad.

Cuarto, aún los pecados que parecen más atractivos provocaron la muerte de nuestro Señor Jesucristo. Solo podemos valorar el pecado a la luz de la crucifixión de Cristo. Debemos ver a Cristo en su pasión y sufrimiento por el pecado: afligido, azotado, herido, molido, angustiado, sudando grandes gotas de sangre, su cuerpo quebrantado, su sangre derramada, el Juez del universo condenado, el Señor de vida muerto, su cabeza que llevaba la corona de gloria, coronada de espinas. Sus oídos que recibían las alabanzas del cielo, ahora reciben los desprecios y blasfemias de la multitud. La cara más hermosa que la de los hijos de los hombres ahora es escupida y desfigurada. Las manos que sostenían el cetro ahora son clavadas en una cruz. Todo esto fue originado por los pecados que el diablo procura presentar tan atractivos. Cuando los creyentes vean a Cristo sufriendo y muriendo por el pecado, se dan cuenta que tan malo es, y le vuelven la espalda y pelean en su contra.

Quinto, otra manera como Satanás seduce a los creyentes al pecado es decirles que sus pecados son "pecaditos", es decir que sus pecados son pequeños y sin importancia. Cuando Satanás actúa así, quiere que los creyentes pasen por alto ciertos pecados y que se acostumbren a ellos. Quiere que clasifiquen sus propios pecados como pequeños en comparación con los pecados de los demás. Desea que los creyentes piensen del pecado como si hubiese pecados grandes y chicos, para que pasen por alto estos últimos." Fin de la cita.

Leí en una ocasión que algunos interpretan el pecado original, a la luz del texto de Génesis 3:7, mostrando la conciencia de la desnudez como evidencia de la comisión del referido pecado, argumentando interpretaciones antropológicas o psicoanalíticas de la Biblia y sosteniendo que el pecado de Adán y Eva es una alegoría al acto del sexo. Se han enumerado cuantiosos rasgos que pudieran reforzar esta hipótesis, como la naturaleza fálica de la serpiente (órgano sexual de copulación en el hombre y los mamíferos), el hecho de que los castigos impuestos a la mujer sean el parto y la sujeción de su deseo carnal al mandato del marido y el de que, tras el castigo, Adán diera a la mujer el nombre a Eva "pues era la madre" (3:20).

Eso resulta de una mala interpretación del texto bíblico original ya que, cuando Dios decretó la prohibición en Génesis 2:17 Adán estaba solo y continuó así por un tiempo (hasta 2:23). Pero luego Dios mandó a la pareja a que tuviera descendencia (1:28). Además, Eva comió primero del fruto y después se lo dio a Adán (3:6). De ello resulta fácil deducir de esta porción de Génesis, muy alejado de los que tal cosa plantean, que Dios había dado un mandato al cual el hombre (no genéricamente, sino concretamente) desobedece, desobediencia principalmente motivada por la soberbia.

Dios está pidiendo a la mujer en 1 Pedro 3 que observe una manera de ataviarse casta, pura, sin mácula y libre de toda impureza (3:2), mostrando un temor (o respeto) reverencial hacia el esposo, les pide que sean escrupulosamente puras, en contraste con el carácter bullicioso, ambicioso, tentador y provocador de las mujeres mundanas. Les manda que se atavíen (adornen) de manera especial, no haciéndolo exteriormente para ser admiradas, con cosas artificiales como diademas, brazaletes, anillos y ropas ostentosas, sino interiormente, con pureza, afabilidad, dulzura, bondad y apacibilidad de corazón, que externamente solo tengan "… el rubor de la modestia en el rostro en vez de la pintura" (3:3)

En forma similar se les habla en 1 Timoteo 2:9-10: "Asimismo que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinado ostentoso, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos, sino con buenas obras, como corresponde a mujeres que profesan piedad."

El cristiano, hombre o mujer, debe cuidar que toda su conducta se corresponda con la fe que profesa pero, ¡pocos en nuestros días saben cuál es la medida cabal y los límites de las dos necesidades básicas de la vida: la comida y el vestido! A menos que la pobreza actúe en nosotros como brida y no nos permita ir más allá de lo elementalmente necesario, es difícil hallar alguno que no desee ir siempre "un peldaño más arriba" de lo que realmente es, a la manera de Dios, justo y perfectamente bueno para nosotros. Siempre miramos más, y con perturbado placer la mayor parte de las veces, la bajeza de la situación material del prójimo que la humildad de su mente. Hay también otros que no están así de limitados económicamente, pero desperdician su tiempo y su plata en fruslerías y trivialidades. Cuánto más les valiera a las mujeres (y a los hombres en igual medida) el vestirse con las virtudes del Espíritu Santo de Dios y no con pacotilla y cosas corruptibles.

Creo que, en nuestro apasionamiento por la Palabra de Dios, nos hemos desviado un tanto del asunto que pretendemos abordar. Resulta que la sensualidad no es otra cosa que el querer mostrar algo que otros no estamos aptos para ver. En el principio de la creación, se nos dice en el libro de Génesis que el hombre y la mujer estaban completamente desnudos y no se avergonzaban. Hoy las jóvenes suelen pasearse tan escasas de ropas como nuestra madre Eva, solo que, luego del pecado, nuestra mente depravada suele ver las cosas desde una óptica distinta a la que Dios había concebido y, más que al rostro, cuando una joven tan ligeramente ataviada se pasea delante de nosotros, solemos fijar nuestra vista varias decenas de centímetros más abajo. Quizá aquí se encuentre la explicación al por qué Jehová no podía mostrar su gloria a Moisés ni puede mostrárnosla hoy a nosotros: porque la perversión nuestra tampoco va a permitir que fijemos nuestra mirada, precisamente, en el rostro de Dios. Eso pudiera explicar el por qué no estamos aptos para verle cara a cara, cuando Adán y Eva si podían hacerlo antes de desobedecer.

Quizá usted me diga, de manera maliciosamente condescendiente, "bueno, seamos tolerantes con las chicas y chicos del mundo, que eso de la sensualidad no es tan dañino como usted lo quiere hacer ver". Permita que le responda que resulta más dañino aún.

Yo también pensaba, como ha de pensar el que tal cosa me diga, que sabía el exacto significado de la palabra tolerancia (quizá el diccionario me jugó una mala pasada cuando me "convenció" de que no era otra cosa que "el respeto hacia ideas, creencias o prácticas cuando son diferentes o contrarias a las propias respetando consiguientemente las normas de los demás y poder lograr la perfección de las cosas". Pero desde hace algún tiempo he descubierto que lo que la palabra significaba antes y lo que significa hoy son dos cosas indiscutiblemente diferentes. Lo que se conoce hoy como tolerancia (o nueva tolerancia, según los entendidos) es otra cosa. Esa definición que dábamos antes no es ya lo que tal vocablo significa y promueve, al menos no para la mayor parte de las personas que la utilizan. Y eso está, sobre todo, más enraizado entre los jóvenes. Hoy, para ellos significa que mamá y papá acepten como "normal" que siendo aún unos adolescentes irresponsables (uso el término "adolescentes", aunque no lo reconozco como genuinamente bíblico, sino más bien como otro "invento" de la psicología secular), puedan irse a la cama con el primer chico (o chica) con el que intimen, y a veces aún sin siquiera intimar, o que puedan "probar" el alcohol, las drogas, regresar a casa mas allá de las cuatro de la madrugada, ver pornografía, hacer gamberrismo, etc. y, cuando estén de vuelta, ser unos cristianos tan "espirituales" como lo eran algunas horas antes, cuando aún no habían salido del hogar. Tan solo porque papá y mamá debieran entender que "los tiempos han cambiado y, después de todo, el resto del mundo no tiene por qué compartir los puntos de vista de ustedes en ese tipo de cosas". ¡Resulta que son ellos (los padres) y no él (o ella) quienes debieran entender "algo"!

¿Y dónde queda el mandato de Efesios 6:4b, en apariencia el único versículo del Nuevo Testamento que habla de manera específica sobre la crianza de los hijos "… criadlos en disciplina y amonestación del Señor"? Debiéramos apreciar las palabras claves del texto citado:

La palabra disciplina significa corregir, castigar y hasta azotar si es conveniente, a los hijos cuando transgreden los principios básicos de la educación hogareña (que me perdonen las instituciones que "protegen" los derechos de los niños, pero pienso que los hijos de un hogar que han sido criados en un sistema genuinamente cristiano, es decir, de padres amorosos y responsables, para nada necesitan de tales instituciones).

Amonestación no es otra cosa que exhortar, instruir, guiar, capacitar y, en caso necesario, regañar y reprender a los hijos cuando se equivocan.

Y todo ello, nunca en otra forma que la del Señor, o sea, a la manera de Dios. Aquí es donde los padres cristianos, realmente ocupados en sus obligaciones para con los hijos, se encuentran en una categoría totalmente diferente del resto de los padres, también "realmente ocupados" en sus negocios, en ganar dinero y, sobre todo, en "pasarla bien". Esta apelación a ellos (a los padres cristianos) no es meramente para persuadirlos de criar a sus hijos con "buena moralidad" o "buenos modales". Tampoco es una conducta loable por la que habrán de darnos una medalla. Eso (excepto la medalla, por supuesto), también está incluido. Todos los padres suelen hacer eso, los padres no cristianos también. Ellos, generalmente, se preocupan porque sus hijos tengan buenos modales, una buena conducta en general y que eviten el mal. Ellos también enseñan "casi siempre" a sus hijos a ser honestos, responsables y muchas otras virtudes, solo que lo hacen a la manera farisaica del "hagan lo que yo digo, pero no hagan lo que yo hago". Eso es, tan solo, simple moralidad común y no marca la diferencia entre un padre cristiano y otro no cristiano. Pero el apóstol no se está refiriendo a esto únicamente. El dice que los hijos de los creyentes deben ser criados "en disciplina y amonestación del Señor". Nuestros hijos tienen que ser criados en el conocimiento del Señor Jesucristo como Salvador y Señor. Esa debe ser siempre no "una prioridad", sino "la prioridad" en la mente de los padres cristianos. Esa es la tarea singular a la cual sólo los probados padres cristianos son llamados. No es tan solo nuestra "tarea suprema", es también nuestro mayor anhelo y ambición que nuestros hijos conozcan al Señor Jesucristo como Señor y Salvador.
¿Es esa la mayor ambición suya para sus hijos? ¿Tiene prioridad el que "lleguen a conocer a aquel cuyo conocimiento es vida eterna", que lo conozcan como su Salvador y que lo sigan como su Señor? ¡"En disciplina y amonestación del Señor"! Estas, pues, son las expresiones que usa el Apóstol. Si queremos cumplir el mandato dado por Dios a través del, tenemos que detenernos y considerar lo que debemos hacer. Cuando nos nace un hijo, lo primero que tenemos que pensar y decir no es cuanto gozo sentimos, sino cuanta conciencia tenemos de la responsabilidad que se nos viene encima: "Somos guardianes y custodios de esta alma". ¡Enorme responsabilidad!

En sus empleos, negocios y profesiones, los hombres son muy conscientes de la responsabilidad que tienen respecto a las decisiones que han de tomar. Pero, ¿son igualmente conscientes de la responsabilidad infinitamente mayor que tienen con respecto a sus propios hijos? ¿Les dedican la misma (o más) atención y tiempo? ¿Sienten en la familia el peso del compromiso tanto (o más que) como lo sienten en esas otras áreas?

Esa es la ocupación más grande de nuestra vida, el asunto más grande que jamás tendremos que encarar y acometer. Aquí es donde los padres de familia cristianos, ocupados y preocupados en las obligaciones hacia sus hijos, se encuentran en una categoría totalmente diferente del resto de los padres. ¿Se siente como que le estoy "sermoneando"? Supongo que esa es la idea… ¿Cree que esto nada tiene que ver con el tema a que nos estamos refiriendo? Permita que le diga que se equivoca. ¡Tiene muchísimo que ver con ello! Este es el eje del asunto que nos ocupa, ¿o es que acaso no lo constata? Queremos llevarlo al punto de que usted comprenda algo que de otro modo quizá no sepa o pueda aprehenderse: Ante un posible cuestionamiento de su parte acerca de qué puede hacer si las cosas están en el mundo como están, que eso no es su culpa y que usted no dispone de un método eficaz para hacer cambiar tal estado de cosas, le respondo: ¡Sí, usted sí que lo tiene, porque Dios se lo ha facilitado! Usted es un padre, un padre cristiano. Usted si puede cambiar al mundo, solo que quizá no esté suficientemente "entusiasmado" y comprometido con la idea. Usted puede hacerlo a la manera que Dios espera que lo haga: MARCANDO LA DIFERENCIA.

La Biblia (la Santa Palabra de Dios) pone mucho énfasis en la formación de los hijos. Observe, por ejemplo, Deuteronomio 6. Ahí está Moisés. Ha llegado al final de su vida y los hijos de Israel pronto entrarán a la Tierra Prometida. Moisés ya sabe que él no lo hará, pero en ese momento, ¿Qué es lo que hace, de qué se ocupa? Supongo que yo, si tuviese la oportunidad de saber con cierto margen de exactitud el momento de mi muerte, trataría de no dejar inconcluso algo que, a criterio mío, es demasiado importante como para dejarlo a medias antes de morir. Y eso es lo que hace Moisés, reúne al pueblo de Israel y les recuerda la Ley de Dios, les dice cómo tendrían que vivir cuando entraran a la tierra que habían heredado. Y tuvo el cuidado de decirles, entre otras cosas, que tenían que enseñarles la Ley a sus hijos. Moisés le estaba "dictando testamento" a su pueblo, a todas las generaciones y no a la que tenía frente a sí. Les decía que no bastaba tan solo con que ellos mismos conocieran la ley y la cumplieran, tenían que pasarle su conocimiento a sus hijos y a los hijos de sus hijos. Los hijos tenían que aprenderla y nunca olvidarla...Lea nuevamente, un día de estos que tenga tiempo (sabemos que eso le resulta difícil a los hombres de nuestros días), Deuteronomio 6, interiorice, sobre todo la Shema:

"Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es.
Y amarás a Jehová tú Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas.
Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón;
y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.
Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos;
y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas." (Deuteronomio 6:4-9)

Antes le decíamos que Efesios 6:4 era el único versículo del Nuevo Testamento que hacía referencia a la educación de los hijos. Pero nuestro Dios no es un Dios mediocre, el nunca deja las cosas incompletas, cuando Él nos dice "… criadlos en disciplina y amonestación del Señor" nos está indicando que ya, anteriormente, Él ha dejado bien en claro cuáles son las pautas de la disciplina y amonestación suyas. Aquí la tiene, en Deuteronomio 6 y también puede encontrar mucho de ello en Proverbios y otros sitios de la Biblia.

Es muy interesante observar, en la larga historia de la iglesia cristiana, cómo este asunto en particular, el del liderazgo del hombre, el ser el principal mentor en el aprendizaje de los hijos, siempre reaparece y recibe gran notoriedad en cada periodo de avivamiento y despertar espiritual. Los padres de la reforma protestante, esos esforzados campeones del ejército de Dios, se preocuparon ingentemente por tal cuestión, y le dieron mucha importancia a la instrucción de los niños en cuestiones morales y espirituales. Los puritanos se la dieron también y los líderes del avivamiento evangélico de hace doscientos años lo mismo. Se han escrito cientos de libros sobre este tema y diría que se han predicado millones de sermones sobre él. La aceptación de Jesucristo como Señor y Salvador de nuestras vidas, no afecta tan solo "ciertas áreas", sino la totalidad de nuestras vidas. No es simplemente algo individual y personal. Afecta el matrimonio, afecta la vida de toda la familia, afecta a los hijos, afecta el hogar, afecta cada aspecto de la vida humana y afecta la humanidad en general. No hay esperanza de hacer frente a los problemas morales de la sociedad, excepto en términos del evangelio de Cristo. Quien pretenda hacerlo por un "atajo" está condenado al fracaso.

Jesucristo nos dice en el Evangelio según Mateo: "Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar.

¡Ay del mundo por los tropiezos! porque es necesario que vengan tropiezos, pero ¡ay de aquel hombre por quien viene el tropiezo!" (Mt.18:6-7)

Aquí Jesús -considerando la maldad y astucia del Diablo, y unido ello, la debilidad y depravación del corazón humano- nos dice que Él sabe que siempre habrá lazos y piedras de tropiezo. Y las permite para desenlaces sabios y santos, para que mediante ellos queden al descubierto tanto los que son sinceros como los que no lo son. Él nos dice, innumerables veces, que habrá seductores, tentadores, perseguidores y malos ejemplos, nos llama a que permanezcamos en guardia, apartándonos todo lo mas que podamos, de lo que puede envolvernos en el pecado. Hay que evitar las ocasiones para pecar y, de igual modo, hay que evitar servir de lazo al prójimo para que sea tentado a hacerlo. Si vivimos según la carne o sentimos placer de que otros lo hagan o sirvan de instrumento para ello, somos dignos de muerte, en cambio, si afligimos a través del Espíritu las obras de la carne, tendremos vida abundante. Él vino al mundo a salvar almas y su juicio caerá en forma severa sobre los que estorban el perfeccionamiento de otros que que tienen los ojos puestos en el galardón. ¿Es que acaso osaremos rehusarnos de atender a los que Él vino a buscar y salvar? Ciertamente, un padre debe cuidar a cada hijo suyo, pero debe ser particularmente tierno, compasivo, piadoso con los más pequeños.

¿Y qué son, sino hijos pequeños, aquellos que, a pesar de haber asumido un compromiso con Cristo, siguen siendo "… llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error" (Efesios 4:14)?

Si queremos, pues, seguir como estamos llamados "… la verdad en amor", entonces se impone el crecimiento, se impone que "crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo" (Efe. 4:15)

¡Qué lejanos parecen estar aquellos días en que los padres se iban de caza o de pesca o, simplemente, a nadar o dar un paseo por el bosque, mientras aprovechaban a cada paso para instruir a sus hijos en cosas nuevas! ¡Cuánto que las madres no se sientan en el quicio del portal a enseñarles un punto de bordado o tejido a las chicas!

Hombre, esposo, padre, si es usted genuina y cabalmente una de esas cosas y no se conforma con la mediocridad de ser un simple "varón", a usted apelo. Haga una pausa en su carrera, porque no es otra cosa que una carrera desenfrenada en lo que hemos convertido nuestro paso por la vida, haga un alto, tome su coche "del año" si es que lo tiene, apárquelo en el garaje y salga a caminar un largo trecho… ¡ejercite los músculos de sus pies, manganzón!... aléjese cuanto pueda de la televisión, la internet y todas las mullidas cosas que le ofrece ese hogar que, generalmente, ha recibido "por herencia" y no por esfuerzo propio, siéntese a la sombra de un árbol perdido, lejos del camino o del bullicio citadino y medite en lo que legará, "por herencia", a sus hijos.

No lo dude, si usted tiene el coraje de ponerse en el lugar de ellos, de pensar como ellos piensan, de amar las cosas que ellos aman, de las que se han visto obligados a escapar (vaya usted a saber de qué modo) a causa de su desidia, verá que a sus descendientes le importan "un rábano" las cosas materiales que pueden heredar de usted, las consideran poco menos que nada, comparadas con lo que usted les ha negado toda la vida. ¿Acaso piensa que diez minutos del día son suficientes? ¿Fue eso lo que usted recibió "de papá"? supongo que si lo fue, aunque ya haya perdido "a papá" hace décadas, todavía se lo ha de estar echando en cara. Y, si no fue eso lo que recibió, si fue hijo de un genuino hombre, esposo y padre, ¿se cree con derecho a negarle igual cosa a su(s) hijo(s)?

Puede pensar que en este punto de mi plática estoy algo exaltado. Si, por cierto lo estoy. Y no es para menos, pues le hablo con plena conciencia de causa, porque soy padre y hubo un tiempo en la vida en que también asumí la actitud que ahora critico. Pero ya hice un día la parada en "mi carrera de la vida". Para ser exactos, lo hice tan solo unos instantes después de haber dado el señorío de mi vida a Cristo Jesús. Y he de confesarle algo que el egoísmo no me puede hacer callar: ¡Ha sido la bendición más grande que haya recibido de Dios toda mi familia! No solo yo, o mi esposa, le hablo de mi familia completa. Incluso de los nietos que han venido a delatar las canas que me esfuerzo en ocultar ¡vanidad mía!

Dios me ha concedido el maravilloso y esperado regalo por el que tanto oré y me ha dado dos hijas hembras. Y, por si fuera poco, dos nietas también hembras. Le muestro mi gratitud a mi Padre Celestial esmerándome en ser para ellas el tipo de padre que Él quiere que yo sea: a saber, un padre a la imagen Suya.

Es difícil, pero enormemente gratificante, cuando se siente que la hija ve en el padre el modelo de hombre que desea para sí cuando sea adulta y quiera constituir una familia. También por esa experiencia he pasado y me siento con autoridad para hablar de ella: mi hija mayor ya se ha casado y "buscó" en el hombre (observe que no digo "joven") que eligió por esposo algunas "no sé qué" "cualidades" que dice haber visto en mí. ¿¡Constata cuánto gozo se pierde, mi hermano!?


¿Quiere seguir aferrado al egoísmo de negarle a su familia semejante bendición? Entonces, que Dios tenga misericordia de usted, porque no es, precisamente, un sendero de flores el trecho que le queda por andar en "su carrera de la vida".


Autor:
Rogelio E. Pérez Díaz
Ministerio CRISTIANOS UNIDOS


Fuente: Monografia.com 

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