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lunes, 30 de mayo de 2016

Alabanza de corazones puros


Leer: Salmo 51:7-17 | La Biblia en un año: Juan 11:30-57 | Una amiga mía viajó a otro país y visitó una iglesia. Allí observó que, cuando la gente entraba, se arrodillaba y oraba, de espalda a la parte delantera de la iglesia.  Luego, se enteró de que los miembros de esa iglesia confesaban sus pecados a Dios antes de empezar la reunión.


Este acto de humildad es, para mí, un cuadro de lo que dijo David en el Salmo 51: «Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios» (v. 17). Estaba describiendo su remordimiento y su arrepentimiento por su pecado de adulterio con Betsabé. La tristeza verdadera por el pecado implica adoptar la perspectiva de Dios sobre lo que hicimos: considerarlo claramente malo, rechazarlo y no querer volver a hacerlo.

Si somos sinceros, Dios nos restaura en su amor: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad» (1 Juan 1:9). Este perdón renueva nuestra comunión con Él y nos impulsa a alabarlo. Después de arrepentirse, confesar y ser perdonado por Dios, David exclama: «Señor, abre mis labios, y publicará mi boca tu alabanza» (Salmo 51:15).

La respuesta correcta ante la santidad de Dios es la humildad. Y la alabanza es la reacción del corazón ante su perdón.


Señor, que nunca minimice mis pecados ni deje de alabarte.

La alabanza es la canción de un alma liberada.


NUESTRO PAN DIARIO

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