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sábado, 27 de mayo de 2017

Lección de amor

 

Hace tan sólo unos días, emergimos de una importante prueba. Tal vez la más dura en muchos años para nosotros. Si alguien me preguntara: “¿Y? ¿Aprobaste el examen?” Sin duda le respondería que no.



Dios escuchó nuestro clamor de Pedro: “¡Señor sálvame!” (Mateo 14:30) y nos tendió su mano para literalmente sacarnos del agua. 100% Gracia. Fue deprimente cada vez que regresamos a casa, encontrar nuestro pequeño y humilde departamento en literal estado de desastre, totalmente destruido.

En el último mes y medio afrontamos pérdidas, bienes, muebles y útiles, que no importa su PRECIO; tenían mucho VALOR para nosotros, que no es lo mismo. Pero si algo quedó inmediatamente al desnudo, es lo endeble que es nuestra fe, lo frágil que es nuestra vida, esa falsa sensación de que podemos con todo y no necesitamos de nadie, de que nada nos va a pasar, y de que Dios está a nuestro servicio para sacarnos prontito de todo trance agudo.

La primera reacción, fue de amargura, de dolor, por lo que pasábamos en soledad. Pero a medida que nuestros hermanos conocían detalles de lo que estábamos padeciendo, la reacción de la comunidad no sólo me dejó sin palabras, me tuve que tragar unas cuantas… Esta situación, me reveló lo egoísta, poco solidario, apático e indiferente, pero por sobre todas las cosas, lo desamorado que había sido.


Pero si algo quedó de relieve es lo arrogante y orgulloso que fui. Es que para recibir ayuda, HAY QUE DEJARSE AYUDAR y tener la humildad de recibir el amor que no supe dar. Es que no se puede dar lo que no se tiene. Las ovejitas del rebaño de un pastor irlandés atraídas por las hierbas dulces de la zona suelen aventurarse al borde del acantilado y caen varios metros. Pero el pastor no baja inmediatamente a rescatarlas. Espera uno o dos días que las ovejitas estén extenuadas y sin fuerzas. Entonces, baja y las rescata. ¿Por qué hace eso? Porque si bajara inmediatamente, las ovejitas saltarían por el despeñadero para escapar de los brazos del pastor.

Recuerdo una noche, con mi esposa y nuestra hija, los tres sentaditos en un sillón, tomados de las manos orando… y llorando. En un rincón, porque afuera llovía intensamente y dentro de casa el agua no caía directamente sobre nosotros en ese lugar, pero igual nos mojaba. Recuerdo otra noche de lluvia los tres orando, mojados y con frío, le dije en medio de mi desesperación al Señor: ”¡Señor, ya por favor no nos pegues más! ¡Ya no podemos más!” El silencio de Dios y las ovejitas balando en el despeñadero.

Como las ovejitas en el acantilado. Como nosotros en medio de la tormenta. Había que aprender que no podíamos salir solos. Había que aprender a dejarse ayudar.

Hoy, al momento de escribir estas líneas, ya no habitamos ese pequeño y humilde departamento destruido por la tormenta, sino una luminosa y hermosa casa. La contención, la ayuda, la solidaridad, pero por sobre todas las cosas el amor con que hemos sido mimados en estos días, es una formidable lección del Señor que difícilmente pueda olvidar por el resto de mi vida.


Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.
(1 Juan 3:18 RV60)

Por: Luis Caccia Guerra


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