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jueves, 7 de diciembre de 2017

El Misterio de la Estrella.

Pareciera el título de un libro de Nancy Drew, que de niña me hubiera fascinado. Sin embargo, si la estrella en cuestión es la estrella de Navidad en el Evangelio de Mateo, el misterio puede no ser del tipo que intrigaría a una detective adolescente, por más intrépida que fuera. Pero, en la Biblia, los misterios no son enigmas que necesiten soluciones, o preguntas que necesiten respuestas definitivas. Más bien, son métodos y momentos en los que Dios nos da una idea de sus propósitos.

En la Biblia, los misterios no son enigmas que necesiten soluciones, o preguntas que necesiten respuestas definitivas.

Hace dos mil años apareció una estrella en el cielo y, de alguna manera, transmitió un mensaje muy especial y particular de parte de Dios. Astrónomos de tierras remotas recibieron el mensaje, hicieron las maletas, e emprendieron un largo viaje.
No soy sabia del oriente, pero hace tiempo que tengo los ojos puestos en las estrellas. Recientemente, mi madre sacó un móvil —parecido a los que cuelgan de la cuna de los bebés— de una caja que había sacado del ático de su casa. Ella había estado buscando un par de viejas pijamas de Navidad que pensó que podrían servirle a mi hijita, y cuando levantó una maraña de estrellas pintadas de amarillo, dijo: “¿Recuerdas esto?”
Recordar fue una palabra insuficiente para la avalancha de recuerdos que me invadieron. Esta clase de recordación es física, más como viajar en el tiempo que una reminiscencia. Ya no era la treintañera madre de cuatro hijos. Era una niña pequeña, acostada en mi cuna, mirando hacia arriba, y atenta a una lenta pieza con la melodía de “Estrellita, ¿dónde estás?” ¿Es que había crecido viendo señales de Dios en el cielo nocturno, cuando me quedaba dormida bajo un móvil colgante de patos danzantes u ositos de peluche? Probablemente. Pero me gusta pensar que mi observación de las estrellas comenzó con ojos infantiles. Me recuerda que Dios nos ve mucho antes de que podamos reaccionar a su mirada con entendimiento.

Dios nos ve mucho antes de que podamos reaccionar a su mirada con entendimiento.

Nuestros viajes espirituales comienzan tal como comenzó el viaje de los magos: con el llamado de Dios, el mensaje de Dios, y la revelación de Dios sobre sí mismo. Estos observadores de estrellas del Oriente vieron un misterio en el cielo, y siguieron a ese misterio hasta Belén. Allí fueron testigos de la revelación del propósito de Dios. Se encontraron cara a cara con el misterio más grande, “el misterio de Dios”, es decir, Cristo mismo, y le adoraron (Colosenses 2.2).
Si las palabras del himno “Del oriente somos” (“We Three Kings”) son verdaderas, esta estrella sigue estando allí, y todavía tiene el poder para guiar. ¿Qué podría parecerse al caminar en las pisadas de los magos hoy? ¿Podemos seguir todavía todo el recorrido hasta el Misterio mismo?
   
Mi pequeña niña, para quien estaba destinada esa descolorida pijama de Navidad, me dijo hace poco que las estrellas del cielo no son estrellas reales porque no tienen “puntas”. Esta niña es una preescolar aplicada, y conoce las formas, desde las de un corazón y un triángulo, hasta las de un diamante y una estrella. La conversación que tuvimos me recordó otra que tuvimos el día de San Valentín, cuando coloqué su mano sobre su corazón palpitante mientras leíamos las notas en los corazones de papel que había traído de su clase. Las estrellas reales, como los corazones reales, desafían nuestros intentos de simplificación. No importa cuánto aprendamos, ya sea en libros de texto o por experiencia propia, esas lecciones siguen ocultas tras el velo del misterio.
Esto es válido en cuanto a la estrella de Belén, la estrella que ilumina los orígenes de la fe cristiana. El comportamiento de la estrella de la Navidad, tal como lo describe Mateo, es tan extraño, tan difícil de explicar, que mucha gente lo lee y llega a la conclusión de que la estrella de los magos era una luz milagrosa e inexplicable por la astronomía. Ninguna estrella puede moverse y luego detenerse, pero esta estrella “iba delante” de los magos hasta que “se detuvo sobre donde estaba el niño” (Mateo 2.9). Para algunos creyentes, la estrella es un milagro, y no vale la pena discutir los intentos por tener una explicación astronómica. Pero otros piensan en los movimientos misteriosos de esta estrella, y se preguntan: ¿Pudo Dios haber enviado un cometa? ¿Pudo Dios haber hablado por medio del planeta Júpiter?
 Los cometas eran símbolos poderosos en el mundo antiguo, y los movimientos de cinco planetas, incluyendo Júpiter, eran bien conocidos por los astrónomos. Es por eso que la estrella de Belén comunicó a los magos —aquellos con suficiente sabiduría para buscar a Dios— que había nacido el gran Rey de los judíos. Herodes y su círculo de eruditos ni siquiera sabían dónde mirar. Puesto que los cometas eran inusuales, pudieran haber pasado desapercibidos. Mientras que los planetas, tal vez por haber sido más conocidos, no hubieran parecido señal del nacimiento del Rey.
El misterio de la estrella, en todo el sentido de la palabra, continúa.
Cuando tenía dieciséis años, me senté con un par de amigos de la escuela en la parte trasera de una camioneta de color verde brillante. Era casi medianoche, y habíamos estacionado el vehículo en un campo lejos de nuestra pequeña ciudad. Éramos dos chicas y un chico, todos adolescentes, a la espera de ver una lluvia de meteoritos en el verano.
Cuando comenzaron a caer, zip-zip, zip-zip, el chico y yo quedamos asombrados. Nos sentamos más derechos, con las bocas abiertas, y las cabezas inclinadas hacia atrás. La otra chica estaba aburrida. Nunca miraba en la dirección correcta.
“¡No veo nada!”, dijo. Pero el chico y yo vimos cada estrella fugaz.

Ninguna estrella puede moverse y luego detenerse, pero esta estrella “iba delante” de los magos hasta que “se detuvo sobre donde estaba el niño”.

Una estrella fugaz no arroja luz de la misma forma que lo hacen el sol o la luna. Sin embargo, a la luz de esas estrellas, sentimos que algo había cambiado en nuestra amistad. Algo oculto fue revelado. El chico y yo no vimos nuestro futuro, pero en una noche oscura con una luminosidad fugaz, sentimos por primera vez la posibilidad de verlo.
Si esa noche alguien nos hubiera dicho que algún día nos casaríamos, o que juntos decoraríamos el techo de la habitación de nuestro primer bebé con constelaciones que brillaban en la oscuridad, y que algún día nosotros y nuestros dos hijos y dos hijas nos acostaríamos en el muelle del lago de una montaña, mientras las estrellas caían a nuestro alrededor, pienso que le habríamos creído.
¿Por qué razón? Porque cada noche estrellada habla de lo imposible hecho posible, tal como sucedió cuando Dios invitó a Abraham a contar las estrellas. Cada cielo titilante repite la canción que los ángeles cantaron una vez para los pastores. Cada eclipse, cada cometa y cada planeta danzante tienen parte en el misterio que llamó a los magos. Las estrellas cantan maravillas. Job escuchó la música. David la escuchó. También nosotros podemos escucharla.
Para el ojo humano, los planetas parecen estrellas. Sin embargo, no se comportan como ellas. Nuestra palabra planeta proviene de la palabra griega planétés, que significa “errante”. Los planetas eran conocidos en la antigüedad como estrellas errantes. Los planetas no solo se mueven de forma extraña en el cielo nocturno, sino que también dejan de moverse. El término movimiento retrógrado aparente se refiere al fenómeno por el cual un planeta parece moverse en dirección opuesta a otros cuerpos celestes en el firmamento. A veces, puede también parecer que se detiene.
Cuando se trata de la estrella de los magos, las teorías con mayor influencia y apoyo hoy son complejas. Comienzan con una comprensión moderna de los movimientos planetarios y del movimiento retrógrado aparente, pero incorporan lo que sabemos de la ciencia antigua y del simbolismo cultural.
Parece que los magos estaban leyendo cuidadosamente los cielos. Puede ser que se sintieron motivados a iniciar un viaje a Jerusalén cuando Júpiter, conocido entonces como el planeta “rey”, comenzó a moverse de manera inusitada a través de constelaciones que hablaban de Judá, de un nacimiento, y de un Rey de reyes. Cuando Herodes les indicó dónde quedaba Belén, un movimiento retrógrado de Júpiter en el cielo nocturno pudo haberlos conducido. El movimiento retrógrado aparente podría explicar por qué Júpiter se detuvo como un reflector o una x en el mapa, diciendo: “Es aquí, aquí mismo, ¡Él está aquí!”

Incluso si llegáramos algún día a tener una explicación perfecta, aún nos quedaría la esencia de un milagro y un misterio.

Sin embargo, incluso si llegáramos algún día a tener una explicación perfecta, aún nos quedaría la esencia de un milagro y un misterio. Quizás la estrella de Belén fue una luz que desafió de forma sobrenatural todo lo que entendemos del cosmos. Tal vez la estrella de Belén fue una danza simbólica, complicada, en el cielo puesta en movimiento cuando Dios creó el universo con su palabra. En todo caso, el verdadero misterio de la estrella no se encuentra en su sustancia sino en su mensaje.
Primero, la estrella dice: Pon atención.
Luego, la estrella dice: Reacciona.
Por último, la estrella dice: Ya llegaste. En este lugar y en este momento, el misterio es revelado.
Y lo es. Por la luz de una estrella milagrosa, el niño Cristo en Belén es visto, conocido y revelado al mundo por el Dios que no solo ha contado las estrellas, sino que también ha dado un nombre a cada una de ellas. Y, por el testimonio de la vida, la muerte y la resurrección de ese niño, comprendemos que también somos conocidos y nombrados, aunque seamos tan pequeños como un bebé inocente acostado debajo de un móvil de estrellas de madera danzando.
¿Quién puede entender lo maravilloso de Dios al hablarnos en estrellas y susurros?
¿Quién puede comprender el profundo amor de Dios, tan grandioso que sostiene el universo en sus manos?
No podemos. Sin embargo, en nuestros intentos por resolver el misterio, nos acercamos cada vez más a Aquel que llama a las estrellas por nombre, a Aquel que llamó a los magos; y a Aquel que hoy nos llama.


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